lunes, 2 de mayo de 2011

En la prehistoria

Cumbres de Penyagolosa
La comarca natural que conforma el macizo de Penyagolosa, junto con las cuencas hidrográficas de los ríos que lo delimitan, el río Montlleó por el norte y el río Linares o Villahermosa por el sur, ocupa parte de los términos de Mosqueruela, Puertomingalvo y Linares de Mora al sureste de Teruel, y los de Villahermosa del Río, Vistabella, Vilafranca, Benassal, Culla, Benafigos, Xodos, Llucena y Atzeneta en el interior de Castellón.
Este escarpado territorio ha sido durante milenios un lugar de hábitat de los pueblos que nos precedieron, donde hallaron lo necesario para su subsistencia. En cuevas y abrigos encontraban cobijo donde asentarse, de los bosques obtenían materiales como la madera para la construcción de refugios y útiles, leña para los hogares, bayas y raíces nutritivas con las que matar el hambre, y plantas medicinales con las que aliviar las enfermedades. En este agreste espacio habitaba la caza que les proporcionaba alimento, y en los escasos pero extensos llanos como los de Mosqueruela, Puertomingalvo, Vistabella, Benafigos, Vilafranca o Atzeneta, se han cultivado y recolectado, desde tiempos prehistóricos, las plantas que completaban su dieta.
Durante el último período glaciar, alrededor de 100.000 años atrás, este territorio se encontraría influenciado por una zona periglaciar donde, por encima de los 1.200 m. de altitud, el clima sería tan riguroso que haría difícil la vida de la población paleolítica. Pero hace unos 12.000 años, se produjo un cambio climático que trajo consigo el incremento gradual de la temperatura hasta alcanzar el llamado Óptimo climático del Holoceno. Esto supuso para esta región, entre otras transformaciones, la desaparición de los grandes mamíferos, la extensión del bosque mediterráneo, con el predominio de carrascas, quejigos y arces, y la expansión del poblamiento humano.


Pinturas rupestres del Racó d'En Nando
Los humanos que dejaron su impronta decorando con imágenes estilizadas de animales y cazadores las paredes de las balmas del Racó d'En Nando (Benassal), en un pequeño barranco del río Montlleó, pertenecían a tribus de cazadores-recolectores que vivieron aquí entre el 8.000-7.000 a. C. en el período Mesolítico, etapa de transición del Paleolítico al Neolítico. Estas pinturas representativas del arte rupestre levantino, junto a otras del Maestrazgo, como las de la Covatina del Tossal del Mas de la Rambla, en Vilafranca del Maestrat, y las cercanas de La Valltorta y Ares del Maestre, nos muestran un ecosistema de clima templado en el que la caza disponible eran sobre todo ciervos, cabras, bóvidos, caballos y jabalís. Los hombres vestían indumentaria muy ligera, con apenas unos pantalones, a veces iban adornados con tocados de plumas, y sus útiles de caza eran arcos y flechas, transportando sus enseres en un morral. Por su parte, las mujeres cuando se representan lo hacen vestidas con faldas, también adornan sus cabezas con peinados variados y, generalmente, muestran una actividad más social, junto a otras mujeres o niños, o realizando tareas recolectoras.
El mencionado marco ambiental se va a mantener durante la evolución del neolítico a épocas históricas, aunque la presión humana comenzará a dejar su huella. Al mismo tiempo que se expande la población y progresa el sedentarismo, aparece el pastoreo con la domesticación de animales, y se inicia la explotación agrícola, que traerán consigo también un proceso de desforestación que transformará el paisaje cercano a los hábitat.


Calco de pintura Bco. Gisbert

Por otro lado, en la construcción de útiles, además del sílex, se utiliza el hueso y destaca la aparición y desarrollo de la cerámica, con la fabricación de cacharrería, generalmente decorada por incisión. Al período Eneolítico, entre 3500 y el 2000 aC. pertenecen las pinturas rupestres halladas en el Barranco de Gibert (Mosqueruela), en las que aparecen representaciones de escenas de caza junto a otras imágenes de estilo esquemático.
En el II milenio aC. se desarrolla en la Península Ibérica la cultura del Bronce, que en tierras valencianas tendrá características propias. A lo largo de un milenio proliferarán pequeños núcleos de población, principalmente en las cimas de cerros y espolones rocosos de escasas dimensiones, en los que las viviendas son de planta cuadrangular, construidas a base de piedras sin devastar con techos de troncos y ramas cubiertas de barro. Alrededor del poblado, y aprovechando la orografía, emergen construcciones defensivas como murallas y torres.

Castillo del Mallo (Mosqueruela)
En el área que estamos tratando se mantendrá al mismo tiempo el hábitat en cuevas, ligado a grupos ganaderos. Un poblado representativo del Bronce Valenciano es el de La Ereta del Castellar, en Vilafranca, que estuvo habitado durante la primera mitad del II milenio aC., y donde se ha hallado cerámica del bronce inicial, junto a grandes vasijas para almacenar alimentos, y metalurgia de la técnica del cobre, así como el característico molino de mano barquiforme, con el que se molían los granos de cereal. En Benassal tenemos el poblado de Les Planetes, ocupado alrededor del 1300 aC. y el del Castell del Corbó, posiblemente habitado desde el Mesolítico hasta el Bronce, y otros menos destacados como los restos hallados junto a las pinturas esquemáticas del Mas de Fores de Dalt. En la vecina Mosqueruela, se han localizado hasta cinco yacimientos del bronce en las inmediaciones del Arroyo Majo, entre los que destaca el poblado del Castillo del Mallo.

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